|
|
Tengo para mí que Galdós nunca
ha sido, entre nosotros, santo de una especial devoción, ni
en lo literario ni en lo ideológico. Donde estuviera Baroja,
a qué el casticismo que se adjudicó—y fue error,
desde luego— a la obra del escritor canario; y donde el agónico
Unamuno, a qué la apacible, aunque no menos incisiva mirada,
de nuestro escritor sobre lo que se ha dado en llamar el problema
religioso... Testimonios hay de esto; y bien de fiar, me parecen.
Digamos José Bergamín, por ejemplo, que refiere cómo
—en los últimos años de vida de Galdós—
era perceptible una «una extraña unanimidad conspirativa»
para hacer silencio en torno al novelista y su obra; que advierte
—además— del decir general («conversaciones
de café madrileño») que pondría en circulación
la especie del trasnochado clericalismo de la novela galdosiana, pues
su autor no había sabido superar «la cuestión
religiosa de España». Bergamín, entonces, apostilla
con cierta perplejidad: «no sé que una cuestión
religiosa, por su misma definición, se pueda nunca superar»;
pues en ello reside —y sigo con Bergamín— «lo
que, a mi entender, ha engrandecido, profundizado y dado a su obra
la dimensión humana y universal que hoy tiene». El otro
testimonio, de Domingo Pérez Minik: confirma, primero, el rechazo
del 98 hacia Galdós, lo que supuso el primer purgatorio para
nuestro novelista, pues inconciliable era el «criterio rigorista
y malcriado» de Baroja y Unamuno con la «concepción
liberal del mundo» en la que Galdós inscribe siempre
sus compromisos, «aquella moral que se desprendía de
sí mismo, de su meditación y de sus creencias».
Y entre los poetas y profesores del primer tercio del siglo XX, Pérez
Minik recuerda cómo afirmaba Vicente Aleixandre su interés
por Galdós, «en medio de la indiferencia, acaso de la
hostilidad en que había quedado su nombre»—palabras
del poeta... (EXTRACTO)
Jorge Rodríguez Padrón, Crítico
literario.
|
|