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9.
TÓPICOS Y OTROS VESTIGIOS PERIODÍSTICOS GALDOSIANOS
ENTRE 1882 Y 1901
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Benito Pérez Galdós escribió
en 1906 que su amigo Navarro Ledesma se había dispersado escribiendo
para la prensa sobre asuntos diversos, víctima de cierto «tributo
ineludible o penitencia impuesta» que pesaba sobre la actividad
de los intelectuales españoles(1). Justamente
esto es lo que él consiguió evitar: el quedar enredado
de por vida en la absorbente profesión periodística,
como le sucedió a Bécquer, a Ortega Munilla y a tantos
otros.
Había dedicado al periodismo sus primeros ocho años
de escritor, entre 1865 y 1873, desde El Ómnibus y
La Nación a El Debate y Revista de España.
En aquella etapa juvenil no se había limitado a ser un simple
colaborador sino que —mejor o peor retribuido— fue periodista
con todas sus consecuencias, todo lo profesional que se podía
ser cuando el oficio de escribir en los papeles solía suponer
un paso previo para ingresar en la política. Quienes entonces
renunciaban a tal aspiración se condenaban a permanecer ocultos
en los telares de la redacción, perdidos en lo más oscuro
del oficio.
Galdós debió de ver esto claro y supo eludir aquel tributo
penitencial empujado por una vocación narrativa y testimonial
que fue cobrando cuerpo en aquellos años de aprendizaje. Utilizó
el trabajo periodístico en su fase de formación para
adquirir experiencia y, tan pronto pudo, se emancipó de los
duros condicionamientos de las redacciones. Se concentró en
su obra narrativa no sólo con fe estética sino también
con la esperanza de vivir de ella. Desligado del periodismo y enfrascado
en la aventura de crear la novela nacional española, sólo
cedió ante la irrenunciable oferta del diario bonaerense La
Prensa sabiendo, además, que el lejano efecto de sus opiniones
apenas perturbaría sus oídos. En sus correspondencias
argentinas ejerció de cronista universal en el decenio de los
años ochenta, cuando aún no gozaba del aura popular
que le acompañaría más tarde. Pero durante aquellos
años sustrajo una importante porción de su obra al público
español que aguardaba sus novelas mientras desconocía
al comentarista de la actualidad. Su trabajo en La Prensa
no tuvo nada de formulario y, en ocasiones, alcanzó calidades
de dietario personal. Ahora bien, es evidente que esta preferencia
suya por el distanciamiento argentino para proyectar en la lejanía
su visión de la España de la Restauración respondía
también a una motivación económica que le reportaba
quinientas pesetas cada dos meses, según los cálculos
de Shoemaker (2). Por ello sorprende algo que se
ausentara de los más importantes diarios españoles cuando
éstos comenzaban a afirmarse empresarialmente y a pagar mejor
a sus colaboradores más destacados, favorecidos por la legislación
de imprenta impulsada por Sagasta a partir de 1883. Sobre todo si
aceptamos la hipótesis de que Galdós prefirió
la Argentina como marco para sus cartas peninsulares más por
razones retributivas y publicitarias que por impulsos de un proyecto
de periodismo literario. Años después Luis Bonafoux
diría, a propósito de las crónicas bonaerenses
de Rubén Darío, que hacer literatura con la actualidad
madrileña era «hacer encaje de virutas», aunque
se podían hacer milagros si la paga era de ochocientos francos
por cuatro crónicas al mes, mientras que en Madrid no habría
cobrado más de ocho duros por las cuatro(3).
Seguramente Bonafoux exageraba, porque en los primeros años
del siglo XX, Valle-Inclán ya iba cobrando en los Lunes de
El Imparcial diez duros por colaboración. Y, en años
anteriores, Pardo Bazán y Clarín por dos entregas
mensuales en el mismo suplemento estaban muy cerca de lo que Galdós
recibía en La Prensa, aunque la media anual de artículos
publicados por aquéllos fuera sensiblemente inferior.
(EXTRACTO)
Cecilio Alonso, UNED
C. A. <<Fracisco Tomás y Valiente>>. Alzira, Valencia.
__________
(1) B. Pérez Galdós, «Paco
Navarro», en Obras Completas, VI, Madrid, Aguilar,
1942, p. 1472 b.
(2) William H. Shoemaker, Las cartas desconocidas de Galdós
en La Prensa, de Buenos Aires, Madrid, Eds. de Cutura
Hispánica, 1973, p. 40.
(3) Luis Bonafoux, «Poetas», en Casi críticas.
Rasguños. París, Ollendorff [1914], p. 89.
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