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Por
mucho que Galdós, espíritu abierto y libre, rechazara
—como rechazó con ironía— las posiciones
doctrinales y el programa sociológico-literario de los naturalistas,
no deja sin embargo de aplicarse con clara deliberación al
estudio de la sociedad, convencido de que la clase media estaba llegando
en España, o acaso había llegado ya, a ser protagonista
de la historia nacional, y de que a él le correspondía
ser su cronista y su crítico, interesado en el proceso estabilizador
que, dentro de los postulados democráticos y liberales, debía
cumplir esa clase.
A pesar de que a raíz de la revolución del 68 estuviera,
según confiesa en sus memorias, «bastante desanimado
y triste» por causa de algún desdichado episodio de carácter
íntimo, en cuanto afecta a la vida pública no hay duda
de que compartía el optimismo común en su generación
acerca de las perspectivas que tal ruptura revolucionaria abría
en el país, permitiéndole encaminarse hacia una fase
de equilibrio en el orden civil, de convivencia político-social
dentro de un progreso indefinido. Los desórdenes que condujeron
a la Restauración tras el reinado de Amadeo y la República
no bastaron a debilitar esa optimista confianza, y creo que el hecho
de haber aceptado en 1886 un acta de diputado «cunero»
regalada por Sagasta es prueba cierta y concluyente de que para esas
fechas no se habría quebrantado todavía la fe de Galdós
en las perspectivas del régimen. Dos veces hubo de ocupar el
escritor un escaño de diputado en el Congreso, y nada mejor
que la comparación entre ambas peripecias políticas
revela la trayectoria de su desilusión; pues tras de la primera
experiencia —«encasillado » por un distrito ultramarino
donde nunca había puesto los pies—, volvería un
cuarto de siglo más tarde como diputado al Congreso, elegido
ahora, en 1910, por una votación popular abrumadora al frente
de la candidatura madrileña de la conjunción republicano-socialista.
Así, entre esos dos hitos, y a lo largo de tan dilatado período,
debe colocarse, como digo, el proceso de la desilusión de Galdós.
Ahora bien, esta desilusión suya acerca de las potencialidades
del régimen vigente confirma, no desmiente, la vitalidad de
sus convicciones básicas. La sociedad española se había
desarrollado en efecto hasta el punto de venirle estrecho ya el cascarón
institucional montado en 1876; y si el nombre de Benito Pérez
Galdós sirvió para encabezar y llevar a un triunfo clamoroso
la candidatura de la oposición es porque era el nombre de un
novelista popular favorito de la burguesía progresiva.
Francisco Ayala, Académico
de la RAE y escritor.
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* Este artículo fue publicado por Francisco
Rico en su colección Historia y Crítica de la Literatura
Española, vol. 5, Romanticismo y Realismo, Barcelona,
Crítica, 1982.
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