15.
FORTUNATA Y LAS SEÑORAS CIRCUNSTANCIAS
|
Aunque la aparición de Fortunata en la
novela es relativamente temprana, en esa escena memorable en la que
quien habrá de ser el amor de su vida y su burlador, el señorito
Juanito Santa Cruz, la sorprende cucando un huevo crudo en la lóbrega
y pina escalera de su casa, aunque, como digo, sale Fortunata a escena
muy pronto, son necesarias cien páginas para que oigamos al
fin el nombre de la protagonista de este libro. Su título lo
comparten, como es notorio, los nombres de dos mujeres, pero la protagonista
no puede ser más que una, Fortunata. A Jacinta, o no sólo
a Jacinta, sino «al mundo Jacinta» en realidad, pues se
habla más del «côté Santa Cruz» que
del «côté Arnáiz», dedica Galdós
todo el primer tomo, y habrá el lector de esperar cuatrocientas
ochenta páginas (de la primera edición, para ser exactos)
a que empiece a desmenuzársele el «côté
Fortunata», ya en el segundo tomo de los cuatro en que originalmente
se publicó la novela.
Pero el nombre de Fortunata aparecerá por primera vez escrito
con todas sus letras puestas en la boca de Jacinta. Había habido
antes, claro, un primer «Fortunaaá» (y con todo,
sólo aparece citado en la página 100) gritado popularmente,
pero ese «Fortunata », rotundo, pleno de su sentido y
de su destino, vestido con todas sus galas, se lo reservó Galdós
precisamente a Jacinta. Como si ésta fuese la única
con derecho a echarlo al mundo de las criaturas reales, viniendo del
mundo de los entes de ficción. Y ocurrirá del mismo
modo que iba Galdós a reservar a Fortunata el placer de presentarse
ella misma a Jacinta, sin testigo ninguno ni intermediarios, en la
soledad de un oscuro y estrecho corredor (¡mil páginas
después de empezada la historia!), con un escueto: «Soy
Fortunata», que amenazó con echar abajo las pilastras
de la corrala donde se produjo tal encuentro fortuito entre las dos
rivales.
Siempre he visto en estos pequeños detalles un virtuosismo
literario de Galdós, él, que no es propenso a ningún
alarde retórico. Pero aquí diríamos que buscaba
un modo de hermanar a las dos mujeres mediante el lenguaje, un modo
sólo suyo, propio, basado en el lenguaje que únicamente
hablan las mujeres que aman al mismo hombre, algo en lo que se
reconocen ambas, y eso desde el principio, anticipándonos un
final que al lector no podría pasársele por la cabeza,
ese en el que Fortunata, casi demente, está dándole
vueltas en la cabeza a su gran idea, la cuadratura del círculo,
algo que en efecto les fundiera a ambas de manera indisoluble, y,
desde luego, al margen del pobre Santa Cruz: concebir Fortunata de
éste un hijo que pudiera entregar a la estéril Jacinta,
y justo en ese momento en el que Fortunata y Jacinta se han convertido
ya por la mala cabeza del señorito en «la otra»,
o mejor dicho, en «las otras», desbancadas las dos por
la favorita de turno en el corazón del perdis. (EXTRACTO)
Andrés Trapiello, Escritor.
|