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19.
LA CONJURACIÓN DE LAS PALABRAS
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Érase un gran edificio llamado Diccionario
de la Lengua castellana, de tamaño colosal y fuera de
medida, que, al decir de los cronistas, ocupaba la cuarta parte
de una mesa, de estas que, destinadas a varios usos, vemos en las
casas de los hombres. Si hemos de creer a un viejo documento hallado
en viejísimo pupitre, cuando ponían al tal edificio
en el estante de su dueño, la tabla que lo sostenía
amenazaba desplomarse, con detrimento de todo lo que había
en ella. Formábanlo dos anchos murallones de cartón,
forrados en piel de becerro jaspeado, y en la fachada, que era también
de cuero, se veía un ancho cartel con doradas letras, que
decían al mundo y a la posteridad el nombre y significación
de aquel gran monumento.
Por dentro era un laberinto tan maravilloso, que ni el mismo de
Creta se le igualara. Dividíanlo hasta seiscientas paredes
de papel con sus números llamados páginas. Cada espacio
estaba subdividido en tres corredores o crujías muy grandes,
y en estas crujías se hallaban innumerables celdas, ocupadas
por los ochocientos o novecientos mil seres que en aquel vastísimo
recinto tenían su habitación. Estos seres se llamaban
palabras.
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* *
Una mañana sintióse gran ruido de voces, patadas,
choques de armas, roce de vestidos, llamamientos y relinchos, como
si un numeroso ejército se levantara y vistiese a toda prisa,
apercibiéndose para una tremenda batalla. Y a la verdad,
cosa de guerra debía de ser, porque a poco rato salieron
todas o casi todas las palabras del Diccionario, con fuertes y relucientes
armas, formando un escuadrón tan grande que no cupiera en
la misma Biblioteca Nacional. Magnífico y sorprendente era
el espectáculo que este ejército presentaba, según
me dijo el testigo ocular que lo presenció todo desde un
escondrijo inmediato, el cual testigo ocular era un viejísimo
Flos sanctorum, forrado en pergamino, que en el propio
estante se hallaba a la sazón... (EXTRACTO)
Benito Pérez Galdós.
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