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23.
«LA
PLUMA EN EL VIENTO O EL VIAJE DE LA VIDA POE…»(1)
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INTRODUCCIÓN
Sobre el apelmazado suelo de un corral, entre un cascarón
de huevo y una hoja de rábano, cerca del medio plato donde
bebían los pollos y como a dos pulgadas del jaramago que se
había nacido en aquel sitio sin pedir permiso a nadie, yacía
una pequeña y ligerísima pluma, caída, al parecer,
del cuello de cierta paloma vecina, que diez minutos antes se había
dejado acariciar, ¡oh femenil condescendencia!, por un Don Juan
que hacía estragos en los tejados de aquellos contornos.
El corral era triste, feo y solitario. Desde donde estaba la pluma
no se veía otra cosa que la copa de algunos castaños
plantados fuera de la tapia; el campanario de la iglesia, con su remate
abollado; a manera de sombrero viejo; la vara enorme y deslucida de
un chopo inválido y casi moribundo, y las tejas de la casa
adyacente, que en días de temporal regaban con abundante lloro
el corral y la huerta. La vid, la zarza trepadora y la madreselva
apenas cubrían entre las tres toda la extensión de la
tapia, erizada de vidrios rotos en su parte superior, que servía
de baluarte inexpugnable contra zorras y chicuelos.
A esto se reducía el paisaje, amén del inmenso y siempre
hermoso cielo, tan espléndido
de día como imponente y misterioso de noche.
La pluma (¿por qué no hemos de darle vida?) yacía,
como dijimos, en compañía de varios objetos bastante
innobles, propios del lugar y constantemente expuesta a ser hollada
por la bárbara planta de los gansos, de los pollos y aun de
otros animalejos menos limpios y decentes que tenían habitación
en algún lodazal cercano.
No hay para qué decir que la pluma debía de estar muy
aburrida; pues suponiendo un alma en tan delicado, aéreo y
flexible cuerpo, la consecuencia es que esta alma no podía
vivir contenta en el corral descrito. Por una misteriosa armonía
entre los elementos constitutivos de aquel ser, si el cuerpo parecía
un espectro de materia, el alma había sido creada para volar
y remontarse a las alturas, elevándose a la mayor distancia
posible sobre el suelo, en cuyo fango jamás debieran tocar
los encajes casi imperceptibles de su sutil vestidura. Para esto había
nacido ciertamente; pero en ella, como en nosotros los hombres, la
predestinación continuaba siendo una vana palabra. Estaba la
pobre en el corral, lamentando su suerte, con la vista fija en el
cielo, sin más distracción que ver agitados por el viento
los blancos festones de su ropa inmaculada, y diciendo en la ignota
lengua de las plumas: «No sé cómo aguanto esta
vida fastidiosa. Más valdría cien veces morir.»
(EXTRACTO).
Benito Pérez Galdós.
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(1) ¡Perdón, oh lector!: iba a cometer
la irreverencia de llamar a esto Poema.
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